El Atlas de Klencke es enorme en todos los sentidos: las medidas de este libro de mapas son impresionantes: de alto 1,75 metros y de ancho 1,90 metros la doble página, todo para contener 41 mapas. Y la fidelidad de los espacios representados es una de las mayores para su época. Actualmente se encuentra en la British Library.

Fue publicado en 1660 y constituyó, sin lugar a dudas, un ambicioso proyecto editorial en el que la fidelidad de la representación cartográfica pareció querer desafiar todos los límites asociados con la propia definición de libro. Las crónicas que analizan la historia de este volumen –un obsequio hecho al rey Carlos II de Inglaterra por parte de Johannes Klencke, hijo de un conocido comerciante danés-, sostienen que el editor previó que los mapas pudieran extraerse del cuerpo que los contenía.

Ninguno de los mapas aquí contenidos tenía un texto que los acompañara explicando qué representaban, tal vez consideraron que era demasiado obvio para su destinatario, que debía conocer perfectamente los territorios ahí descritos.

Se podría pensar que era un libro de mapas en los que trabajar, es decir, se sacaba la página o las páginas que se querían conocer y se ponían sobre una mesa, y así trazar distritos tributarios, líneas de ataque o de defensa, recorridos para la presentación de un rey o infante, e incluso conocer qué ciudades se podrían visitar en un camino como el de Santiago o a Roma.

Hay que resaltar los mapas detalladísimos de las Islas Británicas, de Italia con dibujos de la gente de sus diferentes regiones, una descripción de toda América dividida entre las naciones y con la península de California aún como una isla, y llama la atención la imagen de Australia aún indefinida.

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